La iniciativa de conservación de bosques nativos impulsada por Viña Concha y Toro ofrece una oportunidad interesante para explorar esa relación entre producción, historia territorial y protección ambiental.
Una ciencia que cambió nuestra manera de entender el territorio
La palabra ecología fue introducida por el naturalista alemán Ernst Haeckel en el siglo XIX, en un momento en que la industrialización comenzaba a transformar profundamente la relación entre las sociedades y su entorno. El concepto, derivado del griego oikos (casa) y logos (estudio), proponía comprender los organismos vivos a partir de sus relaciones con el medio que habitan.
Con el paso del tiempo, aquella mirada científica trascendió los límites de la biología. La ecología comenzó a influir en la arquitectura, el urbanismo, la geografía y la planificación territorial. La ciudad dejó de entenderse exclusivamente como una construcción humana para empezar a estudiarse como parte de un sistema ambiental mucho más amplio.
Esta transformación resulta especialmente importante cuando observamos los paisajes agrícolas. Durante siglos, la expansión de los cultivos, la explotación forestal y el crecimiento de los asentamientos humanos modificaron los ecosistemas originales. En muchos territorios, los bosques quedaron reducidos a fragmentos separados por caminos, explotaciones productivas e infraestructuras.
El desafío contemporáneo consiste en recuperar las conexiones entre esos fragmentos y comprender que la conservación de la naturaleza también es una forma de ordenar el territorio.
El bosque esclerófilo, una identidad del paisaje chileno
En la zona central de Chile se desarrolla uno de los ecosistemas más singulares del país: el bosque esclerófilo mediterráneo. Adaptado a veranos prolongados, secos y calurosos, y a inviernos relativamente lluviosos, este paisaje está compuesto por especies capaces de resistir condiciones ambientales exigentes.
Quillayes, peumos, boldos y espinos forman parte de una vegetación que ha acompañado históricamente la transformación de los valles centrales. Sus árboles no solamente configuran una identidad paisajística reconocible; también cumplen funciones esenciales para el equilibrio ambiental.
Sus raíces contribuyen a estabilizar los suelos, su cobertura vegetal reduce los efectos de la erosión y su presencia favorece la infiltración del agua. Al mismo tiempo, estos bosques constituyen refugios para numerosas especies de fauna y flora, muchas de ellas propias de Chile.
La presión agrícola, la expansión urbana, los incendios forestales y la fragmentación del hábitat han convertido su conservación en una cuestión prioritaria. Según la Corporación Nacional Forestal (CONAF), el bosque nativo representa una parte fundamental del patrimonio vegetal del país, aunque su distribución y estado de conservación presentan importantes diferencias territoriales.
Desde la perspectiva urbanística, proteger estos espacios significa también preservar una infraestructura ecológica que no entiende de límites administrativos. Los bosques, los cursos de agua, los corredores vegetales y los espacios rurales conforman una red que sostiene la calidad ambiental de ciudades y comunidades.
Viña Concha y Toro: producir también significa conservar
En este contexto se inscribe el Programa de Conservación de Bosque Nativo de Viña Concha y Toro, una iniciativa que demuestra cómo una actividad económica vinculada históricamente al paisaje agrícola puede asumir responsabilidades concretas sobre su patrimonio natural.
El programa comenzó en 2011, cuando la compañía registró ante CONAF unas 3.272 hectáreas de bosque nativo esclerófilo distribuidas en nueve fundos. La superficie alcanzó las 4.272 hectáreas en 2019, año en que la empresa obtuvo la certificación Forest Stewardship Council (FSC), bajo un estándar de manejo forestal con fines de conservación.
La iniciativa contempla diferentes líneas de trabajo: prevención de incendios, monitoreo de biodiversidad, control de especies invasoras, enriquecimiento de sectores degradados y regeneración de vegetación nativa.
También resulta relevante la colaboración establecida con CONAF para desarrollar planes de protección y regeneración del bosque, incorporando la prevención de incendios y la participación de las comunidades cercanas.
La compañía ha comunicado, además, que sus bosques nativos capturan aproximadamente 10.500 toneladas de CO₂ equivalente al año, según estudios realizados con EcoSolutions y verificados metodológicamente por Deloitte.
Para conocer los detalles de esta experiencia, resulta especialmente interesante visitar la presentación oficial de Viña Concha y Toro sobre su compromiso con la conservación de los bosques y el cuidado del agua en Chile.
Una nueva manera de pensar el paisaje productivo
Quizás uno de los aspectos más interesantes de esta experiencia sea la posibilidad de superar la antigua oposición entre naturaleza y producción. Durante mucho tiempo, el paisaje agrícola fue interpretado como un espacio donde la vegetación natural debía retroceder para permitir el avance de los cultivos.
Hoy sabemos que esa separación resulta demasiado simplista.
Un viñedo puede formar parte de un sistema territorial más complejo, en el que los cultivos conviven con bosques nativos, corredores biológicos y espacios de regeneración vegetal. Esta perspectiva se aproxima a los principios de la planificación ecológica del paisaje, desarrollados por investigadores como Richard T. T. Forman, quien ha estudiado la relación entre los patrones espaciales del territorio y el funcionamiento de los ecosistemas.
Desde esta mirada, conservar 4.272 hectáreas no representa únicamente proteger una superficie verde. Significa mantener hábitats, favorecer procesos naturales y reconocer que la salud de un territorio depende de las relaciones entre sus diferentes componentes.
También plantea una enseñanza para el urbanismo contemporáneo: las ciudades y sus periferias necesitan incorporar los sistemas naturales a sus decisiones de crecimiento. Proteger los bosques, los suelos agrícolas y las cuencas hidrográficas no debería ser una acción complementaria, sino una condición fundamental para construir territorios más habitables.
Conservar el paisaje es una responsabilidad compartida
El Día Mundial de la Ecología nos recuerda que el territorio no es un escenario inmóvil sobre el que desarrollamos nuestras actividades. Es un organismo complejo, resultado de relaciones que necesitan tiempo para construirse y que pueden deteriorarse con enorme rapidez.
La experiencia de Viña Concha y Toro demuestra que la conservación puede integrarse en la gestión de una actividad productiva y que el patrimonio natural también constituye una responsabilidad empresarial y colectiva.
Pero ninguna iniciativa aislada será suficiente si no conseguimos incorporar estos principios a nuestras ciudades, nuestras decisiones cotidianas y nuestra manera de entender el desarrollo.
Este 1 de noviembre, vale la pena mirar más allá de los espacios verdes que tenemos cerca. Pensemos en los bosques que regulan el agua, en los árboles que protegen los suelos y en los paisajes que todavía podemos preservar.
Conservar un bosque es también diseñar el futuro de un territorio. Apoyemos las iniciativas de restauración, valoremos la vegetación autóctona y exijamos una planificación urbana y paisajística que respete los procesos naturales. Porque el paisaje que heredarán las próximas generaciones depende, en buena medida, de las decisiones que seamos capaces de tomar hoy.