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26.8.26

Diseñar desde la raíz: Cómo la Bienal Panafricana de Arquitectura redefine el futuro urbano global

El 26 de agosto marca una fecha clave en la historia del continente: el Día de Namibia. Esta jornada no solo evoca la larga lucha por la autodeterminación y la soberanía de su pueblo, sino que también nos invita a reflexionar sobre un concepto fundamental: el derecho a construir un espacio propio. Hoy, esa misma búsqueda de autonomía trasciende la política institucional y se traslada al espacio físico, al ladrillo, a la tierra apelmazada y al concreto. La arquitectura en África atraviesa un momento de reafirmación crítica, y la Bienal Panafricana de Arquitectura (PAB) se posiciona como el epicentro de esta transformación.

A celebrarse entre el 7 y el 11 de setiembre de 2026, la PAB no busca replicar las recetas del urbanismo occidental ni importar modelos insostenibles de rascacielos acristalados que ignoran el clima tropical. Por el contrario, la bienal propone una pausa reflexiva y propositiva para cuestionar cómo deben ser las ciudades del continente en las próximas décadas.

Un escenario con memoria: El KICC en Nairobi

No hay mejor lugar para albergar este encuentro que el Centro Internacional de Convenciones Kenyatta (KICC) en Nairobi, Kenia. Inaugurado a principios de la década de 1970 y diseñado por el arquitecto noruego Karl Henrik Nøstvik junto a profesionales locales, el KICC es un ícono del brutalismo modernista adaptado al contexto africano.

Su emblemática torre cilíndrica y su auditorio inspirado en la geometría de la choza tradicional motte demuestran que la arquitectura monumental puede dialogar con la identidad local. El KICC no es un mero contenedor de eventos; es un recordatorio visual de una época en la que las naciones recién independizadas utilizaron el diseño como una declaración de orgullo, modernización y soberanía.

Más allá del concreto: Los ejes de la Bienal Panafricana

Durante décadas, la enseñanza y práctica de la arquitectura en el sur global estuvieron condicionadas por manuales del hemisferio norte. La PAB nace para revertir esa inercia, articulando su propuesta sobre tres pilares esenciales:

  • Descolonización del diseño: Recuperación de técnicas vernáculas, saberes constructivos ancestrales y materiales locales —como la tierra compactada, la madera sostenible y la piedra volcánica— integrados con ingeniería contemporánea.
  • Sostenibilidad real y adaptativa: Soluciones pasivas de ventilación y sombreado que responden directamente al clima, evitando la dependencia absoluta de sistemas de aire acondicionado de alto consumo energético.
  • Urbanismo comunitario: Ciudades pensadas para la escala humana, el comercio informal estructurado y el espacio público inclusivo, alejadas de la especulación inmobiliaria intensiva.

La bienal reúne a arquitectos, urbanistas, investigadores y estudiantes de todo el continente y su diáspora para debatir cómo la construcción puede convertirse en una herramienta de equidad social y resiliencia climática.

La construcción de una identidad propia en la arquitectura africana

Así como el Día de Namibia nos recuerda el valor de la memoria y la autodeterminación, la arquitectura panafricana contemporánea demuestra que el diseño es una forma de pensamiento político y cultural. No se trata de mirar al pasado con nostalgia, sino de emplear la tradición como tecnología de vanguardia para resolver los retos del crecimiento urbano acelerado.

Si te interesa la innovación espacial, la sostenibilidad aplicada y el futuro de las ciudades, la Bienal Panafricana de Arquitectura es una cita imprescindible. Puedes consultar la programación completa, conocer a los ponentes confirmados y asegurar tu entrada registrándote a través del portal oficial en Pan-African Architecture Biennale (PAAB).

¿Qué lecciones crees que pueden aprender las metrópolis occidentales de las soluciones urbanas que se están desarrollando actualmente en África?

5.5.26

Día Mundial del Patrimonio Africano: La Gran Mezquita de Djenné, símbolo de la arquitectura africana

Cada 5 de mayo, el Día Mundial del Patrimonio Africano nos invita a mirar el continente con otros ojos. No solo como un territorio de historias antiguas, sino como un lugar donde la memoria se sigue construyendo, día a día, con las manos de quienes la habitan. Entre tantos tesoros, hay uno que parece haber surgido directamente de la tierra: la Gran Mezquita de Djenné, en Malí. Más que un edificio, es un testimonio vivo de cómo una comunidad puede erigir, cuidar y reinventar su legado generación tras generación.

La Gran Mezquita de Djenné en Malí, la construcción de adobe más grande del mundo
La Gran Mezquita de Djenné, obra maestra de la arquitectura de adobe en Malí.

Historia y arquitectura de la Gran Mezquita de Djenné

Sus raíces se hunden en el siglo XIII, aunque la silueta que hoy admiramos data de 1907. Lo que la hace extraordinaria no es solo su escala —es la construcción de adobe más grande del mundo—, sino la forma en que conversa con su entorno. Hecha con barro secado al sol y refuerzos de palma, parece respirar al ritmo del delta del Níger. Durante siglos, Djenné fue un cruce de caminos, un nudo donde las rutas comerciales no solo intercambiaban sal y oro, sino saberes, lenguas y creencias. La mezquita nunca fue solo un espacio de oración; siempre fue el corazón social de la ciudad, el punto donde lo sagrado y lo cotidiano se entrelazan sin forzar.

Un ritual comunitario de conservación

Quizá lo más conmovedor sea cómo se mantiene. No hay restauradores externos ni maquinaria pesada. Cada año, cuando las lluvias amenazan con desgastar sus muros, la ciudad entera se pone en marcha. Familias completas se reúnen con barro fresco, andamios de madera y cánticos para repararla juntas. Ese ritual no es solo mantenimiento físico; es un acto de memoria compartida, un recordatorio de que el patrimonio no se conserva en vitrinas, sino en la práctica. Por eso, visitarla hoy exige algo más que curiosidad: pide respeto, escucha y la conciencia de que nuestro paso por ahí debe dejar una huella ligera. El turismo, cuando se vive con humildad, puede ser un puente en lugar de un atropello.

El 5 de mayo no debería quedarse en una fecha más del calendario. Es una llamada a reconocer la riqueza africana en toda su complejidad, a entender que muchos de estos lugares siguen amenazados por conflictos, por un clima que cambia sin tregua o por la expansión urbana que no dialoga con el pasado. Protegerlos no significa embalsamarlos, sino permitir que sigan siendo parte activa de la vida de quienes los cuidan.

La Gran Mezquita de Djenné nos recuerda que la arquitectura es, antes que nada, un reflejo de las personas que la habitan. Este Día Mundial del Patrimonio Africano, quizás valga la pena no solo compartir una imagen o leer un dato, sino preguntarnos cómo podemos sumar, desde donde estemos, a iniciativas que mantengan vivos estos legados. Porque cuando aprendemos a preservar la historia de otros, también estamos afinando nuestra propia capacidad de admirar, respetar y perdurar.